En las grandes ciudades, coexistimos apretujados esquivándonos en nuestro veloz andar por las calles, sin siquiera mirarnos, pero hablando confiadamente con aparatos electrónicos y solamente con ellos y a través de ellos, con personas que difícilmente veamos, aunque no estén muy lejos.
Las posibilidades de comunicación a través del ciberespacio disminuyen las distancias. Pero por otro lado, este acercamiento virtual desalienta a la voluntad para un encuentro real.
Una juventud abandonada, otra que renace; una idealista, otra pragmática; una comprometida, otra fanatizada; una movilizada otra extraviada; una autónoma otra alienada; una individualista, otra solidaria. Todas las perspectivas son disímiles y sin embargo ninguna se contradice necesariamente. De hecho tranquilamente todas estas realidades pueden convivir, y luego cada uno verá el costado que le parezca. Traducirlo a números y estadísticas es meterse en terreno pedregoso.
Muchos jóvenes dieron su ejemplo de ciudadanía informándose y otros, no. Igualmente votaron.
La cultura del voto se arraigó, de una manera u otra, en la ciudadanía incluso la más principiante e inexperta y esto para la teoría de la democracia es síntoma de buena salud institucional.
Pero esto no debe terminar ahí. Es necesario establecer qué factores determinaron que un muchacho con tan poca experiencia y sabiduría política elija tal o cual boleta.
Con todo, la sociedad argentina no podría ser sin fútbol. Este se ha tornado un factor determinante en nuestros altibajos emocionales y rellena un espacio en la vida relativo a la felicidad, las alegrías, la adrenalina, la lucha, la gloria, la derrota, la revancha. Sentimientos enaltecidos a un nivel majestuoso y patriótico de la grandeza humana: la mitificación y la leyenda, los héroes y los adversarios históricos. No sólo esto se proyecta en la cancha y en los jugadores, sino que todos nosotros como hinchas somos parte de aquellas hazañas. Y semejante sensación de grandeza no la alcanza ninguna otra actividad en la vida.
Había una vez una princesa que vivía sola en su castillo, encerrada y condenada a no compartir su cuarto, en la torre más alta. Como estaba sola debía buscar su propio alimento y no dependía de nadie. Leía mucho, a veces bajo la sombra de algunos árboles, pero entre animales salvajes y dragones no podía relajarse. Es así como también aprendió a cuidarse sola.
Cuando era pequeña sus padres le habían contado que estaba destinada a un futuro dichoso y que sólo debía ser paciente, pero ella ya no recordaba esto.
Y un día, a trotes de caballo y sablazos de espada, llegó un señor muy hermoso ataviado en ropajes fulgurantes que con violencia y valentía logró asesinar a los dragones y rescatar a la princesa de su solitario hogar, para llevársela a su reino, dónde sería desposada y coronada reina.
Es así como en su nuevo y lujoso castillo, lleno de sirvientes que la cuidaban y adoraban y hacían todo por ella, debió olvidarse de futuros contratiempos que su esposo y rey evitarían para que la bella y delicada doncella no sufra y sea feliz, y sólo debiera dedicarse a complacer a su hombre y a su pueblo.
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